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La enigmática secta de los hashshashín

Hassan bin Sabbah (Qom, Irán, 1034 – Alamut, 12 de junio de 1124), también conocido como “El Viejo de las Montañas“, fue un reformador religioso, autor y precursor de la “nueva” predicación o da’wa de los ismailitas nizaríes, que pretendía reemplazar la “antigua” da’wa de los ismailitas fatimíes de El Cairo. Hassan bin Sabbah es la variante persa de su nombre. También suele aparecer citado por la forma árabe, Hassan al-Sabbah o sus variantes Hassan bin al-Sabbah, Al-Hassan bin al-Sabbah o el sobrenombre Alauddin. Es conocido sobre todo por haber sido el inspirador y jefe de los llamados hashshashín, palabra que ha pasado a numerosas lenguas como “asesino” o Secta de los Asesinos, ya que la comunidad que fundó y dirigió utilizaba con frecuencia el homicidio político como estrategia. La mayor parte de los datos sobre Hassan y sus seguidores proceden de sus enemigos, ya que la documentación generada por la secta fue destruida por los mongoles cuando arrasaron la fortaleza de Alamut, sede de la misma. Hassan fue educado por su padre en la fe chií, mostrando gran interés por la religión desde la niñez. Sus creencias comenzarían a cambiar tras conocer a Amira Zarrab, un da’i o misionero ismailí, quien le introdujo nuevas ideas religiosas que lo alejarían lentamente de la ortodoxia.

Una grave enfermedad haría reflexionar a Hassan sobre las enseñanzas de Zarrab. La idea de morir antes de conocer una nueva verdad fue suficiente para abrazarse a la nueva fe. Otro misionero ismailita, Abu Najm Sarraj, le iniciaría en la adquisición de nuevos y recónditos puntos de vista. Por último, Mu’min, un tercer misionero, le administró un juramento de fidelidad pasando de este modo a formar parte de la secta ismailí, en la cual, no tardaría en alcanzar una posición importante. El ismailismo es una de las corrientes del islam chií o shiíta. Sus miembros son llamados también “septimanos“. No reconocen más que los siete primeros imanes chiíes. El origen del ismailismo se remonta a la muerte, en 765, del sexto imán chiita y las discusiones a propósito de su sucesión. Dicho imán, Ya’far as-Sadiq, había nombrado sucesor a su primogénito Ismael pero este murió unos años antes que su padre. La parte de la comunidad chií que más adelante formará la rama de los imaníes decidió que le sucediera su otro hijo, Musa al-Kazim, como séptimo imán. El grupo llamado después ismailí, sin embargo, no admitió la muerte de Ismail y extendieron la creencia de que se había ocultado y que volvería al final de los tiempos como mahdi.

Ya‘far as Sádiq, sexto Imam de la rama chií del Islam. Su nombre completo es Ya‘far Ibn Muhámmad Ibn ‘Ali Ibn Husséin Ibn ‘Ali. Biznieto de Husséin, uno de los hijos de Fátima, hija del Profeta Muhámmad y de Alí, cuarto califa de los llamados “Rashidun” (bien guiados). Ya‘far as-Sadiq nació hacia el año 700 y descendía por su madre de Abu Bakr (primer califa, compañero y suegro del Profeta) y una de sus esposas, Fátima, que era pariente lejana por su pertenencia al clan de los Hasánidas. Vivió en Medina una existencia tranquila dedicada al estudio del hadiz, los dichos y las acciones del Profeta Mahoma relatadas por sus compañeros y compiladas por aquellos sabios que les sucedieron. Murió hacia el año 765 y su muerte estuvo rodeada de circunstancias extrañas, no descartándose la idea de que hubiera sido envenenado por orden del califa Al-Mansur. La tradición lo califica como el mejor hombre de su tiempo, haciendo gala de un celo devocional, que lo apartó de toda actividad política. Muy versado en ciencias tanto exotéricas como esotéricas y con unas premoniciones verdaderamente sorprendentes, fue él quien extendió el conocimiento del fiqh imamita, que implica el conocimiento de lo Halal (permitido) y Haram (prohibido),  así como los conocimientos reservados a los iniciados. También fue famoso en su época por las clases y disertaciones que brindaba. Sus discípulos llegaron a la cantidad de 4.000. Fue el fundador de la jurisprudencia shiita.

Yafar estuvo casado con Fátima Ibn al-Husséin y de ella tuvo dos hijos: Ismaíl y Abdalah al-Aftah. Mientras vivió Fátima, Ya‘far fue monógamo. A la muerte de Fátima tuvo varias mujeres y concubinas y de las esclavas, Hamida entre otras, nacieron Musa al-Kazim, Muhámmad, Ishaqm al-Abbás y Alí. Al parecer Ya‘far había designado como sucesor a Isma‘il, su hijo primogénito, pero la conducta de éste le hizo reconsiderar su decisión. Además Isma‘il murió poco antes que su padre, razón también aducida para designar a Musa al-Kazim. Ya‘far es Sadiq es el fundador de la escuela jurídica (Madhab) Yafarita, la que siguen los chiíes duodecimanos, y que es muy semejante a la sunní Hanefita, ya que Abu Hanifa era discípulo de Ya‘far. En tanto que musulmanes, los chiíes reconocen los cinco pilares del islamismo, el Corán, la suna (a la que siguen a través de la familia de Mahoma), y en general el culto no se diferencia externamente de otras ramas del islamismo. Las particularidades doctrinales más importantes son: el imanato, el esoterismo y el clero. La figura del imam, en este caso, se refiere al jefe supremo de la comunidad (equivalente al califa) y no al sentido habitual de guía o director de oración de una mezquita (que es el que hay que entender cuando se habla por ejemplo del imam Jomeini). Para los chiíes, Dios no puede admitir que el hombre camine hacia su perdición, por ello envió a los profetas para guiarle.

Sin embargo ―según la creencia general del islam― la muerte de Mahoma puso fin al ciclo profético. Ya que no hay profetas, es necesario un garante espiritual de la conducta humana, que sea al mismo tiempo prueba de la veracidad de la religión y guía de la comunidad: el imam. Éste debe reunir una serie de características que le hagan ser el hombre más perfecto de su tiempo: versado en la religión, justo, desprovisto de defectos. Además, tiene cierta investidura sobrenatural otorgada por Dios. El imam es infalible. El imam debe ser descendiente directo de Mahoma. El primer imam fue Ali, esposo de la hija del profeta Fatima Azzahra. Esta reivindicación, que en su origen tenía un carácter político, adquirió con el tiempo una importante dimensión teológica. El imamato encarna a la vez los poderes espiritual y terrenal. El chiismo considera que el Corán tiene un mensaje literal, interpretable por cualquier musulmán, que es válido. Sin embargo, ese mensaje literal o exotérico es a su vez un mensaje cifrado o esotérico que oculta conocimientos que sólo son interpretables por ciertos iniciados. Hay facciones chiíes que sostienen que dicho mensaje esotérico es a su vez metáfora de un tercer mensaje, más oculto aún, y así hasta siete niveles de esoterismo. El mensaje último en cualquier caso es conocido sólo por el imam. El esoterismo (especialmente fuerte en el caso de los ismailíes) no tiene como tal repercusiones prácticas para la mayoría de los fieles, que se limitan a seguir el mensaje literal delCorán, pero está muy relacionado con la institución del imanato y con la existencia del clero y marca distancias con el islamismo mayoritario, que considera que cualquier creyente puede ser su propio intérprete del mensaje divino.

El origen del esoterismo chií hay que buscarlo en la expansión inicial del chiismo por Irán y la región de Sham, donde habría adquirido características de las creencias preexistentes, en concreto de la filosofía neoplatónica y del mazdeísmo. Los supuestos mensajes ocultos estudiados por los iniciados tienen muchas características comunes con ellas. Está muy relacionado con el esoterismo y el imamato. Dado que existe un mensaje invisible y dado que quien lo conoce sigue vivo pero está oculto, es necesario un cuerpo de intérpretes capaces de captar los signos enviados por el imam desde su ocultación. Podría decirse también que como el guía espiritual sigue vivo, la doctrina no está completamente cerrada. Los intérpretes son los ulemas, más frecuentemente llamados mulás, organizados jerárquicamente según su grado de iniciación. Las diferencias en torno a la sucesión de ciertos imames son en buena medida el origen de la formación de varios grupos dentro del chiismo; la sucesión del quinto llevó a la separación de los zaydíes y la del séptimo a los ismailíes, que a su vez se dividieron por la sucesión del califa fatimí al-Mustansir. La mayoría de los chiíes se encuadran en cuatro grandes grupos: el de los imamíes o duodecimanos, mayoritario, el de los alawitas también duodecimanos, el de los zaydíes y los ismailíes. A ellos hay que añadir ciertos cultos situados en la periferia del islamismo, es decir, que surgieron del chiismo o de las ramas anteriores, o que mezclaron ideas musulmanas y de otras religiones, pero que no siempre son considerados musulmanes. Los más destacados son los drusos y los alevíes.

Desde el punto de vista del carácter de los imames se dividirían en: zaydíes (el imam es sólo un líder); intermedios (el imam es hereditario y está guiado por Dios —la mayoría de los chiíes—); y extremistas o ghulat (el imam es una manifestación de Dios, por lo que son considerados no-musulmanes —Alí-ilahis o Ahl-i Haqq, drusos—). Los chiíes constituyen hoy entre un 10 y un 15% de los musulmanes. Son mayoritarios en Irán, Azerbaiyán, Irak, Baréin y el sur del Líbano, y existen minorías chiíes en otros lugares, especialmente en Siria, Afganistán y Pakistán. El chiismo septimano existe en la India, Pakistán, Siria y Yemen. Los drusos se encuentran sobre todo en la región situada entre el sur del Líbano, los altos del Golán y el norte de Israel. Los zaydíes se encuentran principalmente en Yemen. Los alauíes son bastante numerosos en Siria. La familia del jefe de Estado sirio pertenece a esta confesión. Los alevíes se encuentran en el centro y este de Turquía. Tanto los chiíes como los suníes comparten una cierta veneración y obligaciones religiosas hacia ciertos santurios y lugares sagrados, como La Meca y Medina pero la Mezquita del Imán Alí y la Mezquita del Imán Hussein también son veneradas.

Los historiadores no ismailíes reconocen que la ocultación en realidad pretendía resolver los problemas derivados de la figura del imán como líder político, puesto que los imames chiíes eran duramente perseguidos por el poder califal de Bagdad y acababan invariablemente muertos o encarcelados. Al “ocultarse“, el imán adquiría una fuerte y exclusiva dimensión espiritual y los fieles tenían más libertad de movimientos para adoptar posiciones respecto al poder político imperante. Muy perseguidos, los ismailíes siguieron venerando en secreto a su imán oculto al tiempo que hacían un proselitismo muy activo, primero en Oriente Medio y luego en el resto del mundo musulmán. Consiguieron establecer un pequeño Estado en Túnez gracias a la adhesión de algunas tribus bereberes y de ahí se lanzaron a la conquista de Egipto, donde fundarán la dinastía fatimí. Otros ismailíes, llamados cármatas, rechazaron la autoridad de los califas-imames fatimíes y fundaron un Estado en Baréin, distinguiéndose por un uso extraordinario de la violencia. Los fatimíes, por su parte, tuvieron un cisma en 1094, a la muerte del califa Al Mustansir; el regente colocó al hijo menor al-Mustaali, en lugar del mayor al-Nizar, lo que dio lugar a dos grupos rivales: nizaríes y musta’líes.

Los ismailíes profesan doctrinas muy complejas y fuertemente influidas por el neoplatonismo, el gnosticismo y creencias tomadas a otras religiones, como el maniqueísmo. Para ellos el islam tiene dos principios complementarios: el exotérico o zahirí representado por el profeta, el Corán en su sentido literal y la Sharia, y el esotérico o batiní personificado por el imam y la interpretación mística del Corán. Los ismailíes piensan que el Corán es una alegoría de un mensaje oculto que, a su vez, es alegoría de otro más oculto aún y así sucesivamente hasta siete niveles de esoterismo, el último de los cuales contiene la verdad suprema. En su fortaleza de Alamut, en Irán, los nizaríes reformaron el ismailismo abandonando definitivamente todas las prescripciones rituales islámicas para centrarse únicamente en el aspecto esotérico de su fe. Rashid al-Din, uno de sus dos biógrafos, describe a Hassan como descendiente directo de los reyes Himyaríes del Yemen y que su padre llegó procedente de Kufa en el actual Irak. Por el contrario, Ata Malik Juvayni, su otro biógrafo, sugiere que el padre de Hassan vino desde el Yemen, pasando por Kufa.

El propio Hassan escribió una autobiografía de los primeros años de su vida en una obra llamada “Sar-Guzasht-i-Sayyidna” (Aventuras de nuestro Señor), que se encontraba en la biblioteca de Alamut. Tras la toma de la fortaleza en 1256 por el mongol Hulagu Kan, la obra sería destruida. Hulagu Kan, también conocido como Hülegü o Hulegu, (1217 – 1265) fue un gobernante mongol que conquistó gran parte del suroccidente asiático. Su ejército destruyó los dos mayores centros de poder islámico, Bagdad y Damasco, razón por la cual los mamelucos de El Cairo se convirtieron en la dinastía más influyente en el mundo islámico. Hulagu, nieto de Gengis Kan y hermano de Arik Boke, Möngke‎ y Kublai Kan, se convirtió en el primer kan del Ilkanato de Persia. Hulagu le contó al misionero dominico David de Ashby, miembro de su corte, que simpatizaba mucho con el cristianismo. Su madre era una cristiana nestoriana, así como su esposa, Dokuz Khatun y su más cercano amigo y general, Kitbuqa. También le contó al historiador armenio Vartan Arewelc’i en 1264 que había sido cristiano desde su nacimiento. Está registrado, sin embargo, que acudió al budismo conforme se acercaba a su muerte, contra la voluntad de su esposa cristiana Dokuz Khatun.

Hulagu tuvo por lo menos tres hijos: Abaqa, ilkán de Persia de 1265 a 1282; Taraqai, cuyo hijo Baydu se convirtió en ilkán en 1295, y Tekuder, ilkán de 1282 a 1284. En 1255, Hulagu fue enviado por su hermano Möngke (quien fue Gran Kan de 1251 a 1258) a conquistar o destruir los estados musulmanes del suroccidente asiático. La campaña de Hulagu tenía como objetivo la subyugación de los luros, un pueblo del sur de Irán; la destrucción de la secta de los nizaríes; la sumisión o destrucción del Califato Abbasí; la sumisión o destrucción de los estados de la dinastía ayubí en Siria; y finalmente, la sumisión o destrucción de los mamelucos de Egipto. Hulagu partió con el que quizá fuese el mayor ejército mongol que se haya reunido, ya que por órdenes de Möngke, uno de cada diez hombres en condiciones de pelear, en todo el Imperio mongol, pasó a formar parte del ejército de Hulagu. Así, con facilidad sometió a los luros, y su reputación impresionó tanto a los nizaríes (la famosa “secta de los asesinos“) que rindieron su fortaleza de Alamut sin resistirse.

Hulagu probablemente siempre tuvo en mente tomar Bagdad, ciudad que los mongoles querían atacar por más de diez años. Así que que tomó como pretexto para atacar la ciudad el hecho de que el califa hubiera rehusado enviarle tropas que había solicitado. Partió con su ejército hacia Bagdad en noviembre de 1257. Solicitó que la ciudad se rindiera, pero el califa se negó, advirtiendo a los mongoles que enfrentaban la furia de Alá si atacaban. Entonces Hulagu asedió la ciudad, que se rindió el 10 de febrero, dando lugar a una masacre que duró una semana, considerada uno de los eventos más devastadores en la historia del islam. Luego de la victoria en Bagdad, en 1260, los mongoles unieron sus fuerzas con la de sus vasallos cristianos en la región, como es el caso del reino armenio de Cilicia y los francos liderados por Bohemundo VI de Antioquía. Juntos conquistaron Siria, dominio de la dinastía ayubí; tomaron la ciudad de Alepo y el 1 de marzo de 1260, liderados por el general Kitbuqa, la ciudad de Damasco. Algunos relatos históricos describen las celebraciones cristianas que se realizaron tras la conquista de Damasco, aunque algunos historiadores modernos han asegurado que tales historias son apócrifas. Se celebró una misa en la mezquita Omeya de Damasco (que antes había sido la catedral de San Juan el Bautista), y algunas mezquitas fueron profanadas.

Esta invasión definitivamente destruyó la dinastía ayubí, que había dominado parte del Levante, Egipto y Arabia. El último gobernante ayubí, An-Nasir Yusuf, murió a manos de Hulagu en 1260. Como Bagdad y Damasco habían sido capturadas, el centro del poder islámico se transfirió a los mamelucos egipcios de El Cairo. Después de la victoria, Hulagu dio muchos regalos a Bohemundo VI, incluyendo algunas de las ciudades conquistadas, incluyendo Latakia. Sin embargo, el Imperio Mongol enfrentó conflictos internos en Turquestán y Hulagu se vio compelido a detener una invasión de otra facción mongola que amenazaba atacar Egipto, razón por la cual partió con la gran mayoría de sus hombres, dejando apenas 10.000 jinetes mongoles en Siria bajo el mando de Kitbuqa para ocupar el territorio conquistado, que incluía Nablus y Gaza al sur, así como también la fortaleza de Ajlun, al oriente del río Jordán. Los mongoles realizaron incursiones hacia el sur, rumbo a Egipto, llegando a lugares tan lejanos como Ascalón y Jerusalén, y se estableció una guarnición mongola de cerca de 1.000 soldados en Gaza. También se estableció otra en Nablus.

La muerte de Möngke obligó a Hulagu y la mayoría de su ejército a retirarse. La crisis sucesoria que la siguió fue una de las más perjudiciales que han ocurrido hasta la fecha. Efectivamente, aunque la sucesión fue arreglada mediante el encarcelamiento de uno de los aspirantes y la elección de Kublai Kan, lo cierto es que luego de 1258 dejó de existir el Imperio Mongol como una entidad unificada, dando lugar a cuatro reinos independientes, uno de los cuales fue el Ilkanato de Persia establecido por Hulagu. Mientras tantos, los mongoles liderados por Kitbuqa no pudieron proteger la costa de Palestina, y los mamelucos lograron replegarlos y destruir con lo que quedó del ejército mongol en la batalla de Ain Yalut. Así, el Ilkanato perdió para siempre Siria y Palestina, quedando como límite del Ilkanato el río Tigris. Hulagu regresó a sus dominios a mediados de 1262, cuando se solucionó la disputa sucesoria. No obstante, en vez de vengar sus derrotas, se vio involucrado en una guerra civil con Berke, hermano de Batu Kan y líder de la Horda Azul. Berke Kan, quien se había convertido al islam, prometió vengar el saqueo de Bagdad, y se alió con los mamelucos.

El 10 de abril de 1262, Hulagu envió a través de Juan el Húngaro una carta al rey francés Luis IX, ofreciendo una alianza. La carta explicaba que dos años atrás Hulagu había tenido que retirarse con la mayor parte de su ejército de Siria debido al clima caluroso y la falta de provisiones y hierba para alimentar sus caballos. La carta mencionaba la intención de Hulagu de capturar Jerusalén para benéfico del Papa, y solicitaba a Luis IX enviar una flota a Egipto. No se sabe si la carta llegó a manos de Luis IX en París, ya que el único manuscrito conocido se halla en Viena, Austria. Hulagu aparentemente envió una embajada a “todos los reyes y príncipes del extranjero” en 1262. El secretario Rychaldus acompañó a esta embajada, y realizó un reporte sobre la misma durante el Concilio de Lyon II de 1274. Sin embargo, la embajada aparentemente fue interceptada en Sicilia por el rey Manfredo, quien estaba en conflicto con el papa Urbano IV y se había aliado con los mamelucos, y fue llevada de regreso por barco.

Cuando Hulagu reunió a sus ejércitos para atacar a los mamelucos y desquitar la derrota de Ain Jalut, Berke inició una serie de incursiones por medio de un ejército liderado por Nogai Jan, lo que obligó a Hulagu a desplazar sus fuerzas al norte para enfrentarlo. Sufrió una grave derrota durante una tentativa de invasión al norte del Cáucaso en 1263. Esta fue la primera guerra abierta entre mongoles, lo cual selló el fin del Imperio Mongol unificado. Niccolò y Maffeo Polo viajaron al reino de Hulagu y se quedaron en la ciudad de Bujará, en la actual Uzbekistán, donde vivieron y comerciaron entre 1261 y 1264. Ese último año se unieron a una embajada enviada por Hulagu a su hermano, Kublai Kan. En 1266 llegaron a la capital mongola de China, Janbalic (la actual Pekín). Hulagu murió en 1265 y fue enterrado en la isla Kaboudi en el Lago Urmía. Fue sucedido por su hijo Abaqa. Durante el siglo XIII se puso de moda en Occidente aquello que estuviera relacionado con los mongoles, al punto que algunos recién nacidos en Italia fueron llamados como gobernantes mongoles; por ejemplo Can Grande (Gran Kan), Alaone (Hulagu), Argone (Arghun) y Cassano (Ghazan).

En 1071, Abd al-Malik ibn at-Tash, jefe de los ismailíes por entonces, nombró a Hassan como da’i oficial, ordenándole marchar como misionero a Egipto. Este sería el inicio de un período de veinte años dedicado a la misión y los viajes, que terminaría cuando Hassan decidió establecerse en Alamut. La leyenda afirma que en su juventud, Hassan llegó a entablar amistad con dos de los hombres más grandes de su tiempo: el astrónomo y poeta Omar Jayyam y el político Nizam al-Mulk. Nizam al-Mulk (aprox. 1018-1092): estadista iraní, visir de los sultanes selyúcidas Alp Arslan y su sucesor Malik Shah. Como muchos otros personajes del ámbito islámico medieval, ha pasado a la historia con un sobrenombre, que en su caso significa “el orden del poder monárquico” en árabe. Fue protector del matemático Omar Jayyam. Escribió un tratado de política, el Siyāset nāmeh o Libro del gobierno.  Este último, años más tarde, mandaría perseguirlo para impedir que siguiera propagando su ideología revolucionaria, y sería ajusticiado por un miembro de la secta.

Antes de llegar a Egipto en 1078, Hassan estuvo por Azerbaiyán, Mayyafairiqin y Damasco. De su estancia en Egipto durante un año y medio se sabe muy poco, aunque se cree que fue aquí donde Hassan comenzó a concebir la futura orden de los Asesinos. Desde Egipto regresó a Isfahán pasando antes por Alepo. Más tarde viajaría durante nueve años por Persia, pasando por Yazd, Kirmán y Juzestán. Después pasaría tres años en Damghan donde parece ser que se apoderó del castillo de Girdkuh y estableció un importante centro de los Asesinos. Desde Damghan enviaría los primeros misioneros a la región de Alamut. En sus viajes iba buscando nuevos adeptos a la fe ismailí que le permitieran fundar una comunidad permanente y fuertemente defendida. La búsqueda de un lugar adecuado para tal comunidad hizo que Hassan se fijara en la zona de los Montes Elburz, conocida antiguamente como Tabaristán, que se corresponde con las modernas provincias de Gilán y Mazandarán en la actual Irán. Durante muchos siglos esta zona sirvió de refugio a ismailíes y otros heterodoxos musulmanes.

El envío de un da’i a Alamut permitió que algunos de los habitantes de la fortaleza fueran convertidos, quienes a su vez intentaron convertir a Alid, su gobernador. Alid fingió convertirse, con lo que consiguió conocer a todos los conversos y expulsarlos del castillo. Tras este fracaso, Hassan siguió por los alrededores de Daylán convirtiendo a muchos gracias a sus dotes de persuasión y gran ascetismo. Por otro lado, los expulsados de Alamut consiguieron convencer a Alid para que los perdonara y les dejara entrar nuevamente al castillo, lo cual facilitó la entrada clandestina de Hassan. Cuando el gobernador descubrió su existencia ya no pudo hacer nada dado que la mayoría de los residentes de Alamut eran fieles a Hassan. De este modo Hassan tuvo lo que deseaba: una base segura y permanente desde donde enviar dai’s a todo el mundo. Al mismo tiempo siguió una política de expansión territorial, apoderándose de castillos o construyendo otros nuevos. Aquí comenzaría a desarrollarse la secta de los Asesinos, que pasaron a la historia como encarnizados terroristas.

La vida en Alamut, y probablemente en el resto de fortalezas, era sumamente rígida y austera. La legendaria severidad de Hassan bin Sabbah se pone de manifiesto en dos incidentes en los que mandó dar muerte a sus propios hijos. El mayor, Ustad Husain fue ejecutado tras la que luego sería una falsa acusación de haber estado involucrado en la muerte de un daí. A Muhammad, su segundo hijo, lo mandó ejecutar por contravenir el mandato islámico de abstenerse de probar bebidas alcohólicas (vino). En sus últimos días, tras caer gravemente enfermo, nombró sucesor a Buzurg’umid y “canciller de propaganda” a Dihdar Abu Ali, disponiendo que, conjuntamente con su canciller militar, Kiya Ba Ya’far, dirigieran el gobierno y la administración de la amplia red de fortalezas que constituía su reino en el período de mayor expansión. De este modo dejó garantizada la transmisión de poderes y poco después moriría.  Los orígenes de los terroristas suicidas actuales hay que buscarlos en una secta de hace mil años cuyo legado ha llegado hasta nuestros días. Hassan bin Sabbah y su “secta de los asesinos” crearon un invisible imperio del terror que se extendía del mar Caspio a Egipto. Sofisticadas técnicas de lavado de cerebro eran practicadas ya en el siglo X. Los “asesinos” terminaron sirviendo de patrón y modelo de numerosas sociedades secretas occidentales, servicios de inteligencia y grupos terroristas.

La historia de Hassan Bin Sabbah y la “secta de los asesinos” es un apasionante relato en el que se mezclan sexo, drogas, veneración y asesinato. De nuevo nos encontramos ante una de esas ocasiones en que la realidad supera ampliamente la imaginación del más fértil escritor. Una fortaleza aislada en la cima de una montaña, un jardín paradisíaco poblado por bellas huríes, dagas envenenadas e intrigas políticas son los ingredientes de esta mezcla alquímica, en la que se encuentra el germen -hace más de mil años- de uno de los más inquietantes fenómenos de la actualidad: el terrorismo suicida islámico.  Era el año 1092 y dos hombres a caballo se encuentran en los terraplenes de una fortaleza inexpugnable conocida como Alamut, “El nido del águila”, que se yergue majestuosa sobre los picos de las montañas de Persia. Uno de los hombres, el que va más ricamente ataviado, es el representante personal del Sha de Persia. El otro, a pesar de ir vestido solamente con una humilde túnica blanca y un sencillo turbante, es, sin embargo, alguien mucho más poderoso que su invitado. Se trata de Hassan, hijo de Sabbah, jeque de las montañas y líder de la temida secta de los hashishins, un ser que en vida había conseguido acceder al Olimpo de lo legendario y cuyo nombre, susurrado en mercados y callejones, inspiraba el temor en todo el mundo árabe. El emisario se encuentra comprensiblemente inquieto, pues desconoce la razón por la que su anfitrión lo ha conducido hasta las afueras del castillo, y la siniestra reputación de Hassan le hace temer por su vida.

Sin embargo, no es ése el propósito del poderoso jeque de las montañas. Tras unos momentos de tenso silencio el señor del castillo se dirige finalmente a su huésped: “¿Ve usted al centinela que se encuentra sobre aquel torreón?”. El centinela, uno de los fieros guerreros que había cimentado el poder de la secta, era una estatua imperturbable cuya figura se recortaba entre las almenas. Sabbah dio un silbido para llamar la atención del soldado y luego le hizo una escueta señal con la mano. No hizo falta más indicación. La figura de la túnica blanca saludó marcialmente a su líder, dejó caer la lanza y luego, sin dudarlo un segundo, se precipitó en una caída de centenares de metros hasta ser tragado por los abismos que rodeaban la fortaleza. Hassan dio a su boquiabierto visitante unos segundos para que asimilase lo que había visto y finalmente dijo: “Tengo setenta mil hombres y mujeres emplazados a lo largo de Asia, y cada uno de ellos está dispuesto a hacer por mí lo que acaba de ver. ¿Acaso puede su amo, Malik Sha, decir lo mismo?. ¡Y él se atreve a exigir que le rinda pleitesía!. Ésta es mi respuesta: ¡márchese!”.  Esta escena, digna de una producción hollywoodense de los años treinta, ocurrió realmente. Lo único ficticio fue la optimista estimación que hizo Hassan del número de sus devotos, que por aquellas fechas se cifraba en algo más de cuarenta mil, cantidad igualmente respetable. Cómo este hombre y sus seguidores levantaron un imperio invisible que se extendía del mar Caspio a Egipto es una de las historias más extraordinarias de todos los tiempos.

Históricamente, Hassan Bin Sabbah podría ser considerado como el inventor oficial del terrorismo constituyendo su figura un antecedente perfecto de algunos terroristas actuales. Hombre de negocios, erudito, hereje, místico, asesino, asceta y revolucionario, tan polifacético personaje nació en Persia -la actual Irán- alrededor de 1034 en el seno de una familia acomodada de origen yemení. De niño, el hombre que años más tarde sería considerado como la encarnación de Dios en la Tierra, era un diligente estudiante de teología, un celoso talibán no muy diferente de los que gobernarían en Afganistán mil años después. La posición económica de su familia favoreció el que disfrutara de una educación privilegiada para su época, siendo compañero de estudios de personajes de la talla de Nizam al Mulk (que llegaría a convertirse en visir del Sha de Persia) y Omar Jayyam  (aún hoy aclamado como gran poeta, astrónomo y matemático). Tal era la unión de los tres amigos que hicieron un pacto por el cual si uno de ellos alcanzaba algún día una posición de poder o influencia asistiría a sus compañeros menos favorecidos por la fortuna.

En su juventud Hassan viajó a Egipto, donde permaneció por espacio de un año y medio. Fue allí donde abrazó la doctrina shiíta. Aprendió a cuestionar el dogma islámico y comprendió que el mundo se transforma mediante acciones, llegando a la conclusión de que las creencias son distracciones inútiles usadas para esclavizar a las masas. Sin descuidar su fervor religioso, el joven Sabbah se convirtió en un hombre pragmático que creía mucho más en la fuerza de las acciones que en la de las plegarias, lo que le serviría más adelante como patrón para estructurar la organización de sus seguidores. Aparte de lo aprendido en las escuelas shiítas, su estancia en Egipto resultó bastante accidentada. Hassan tuvo que abandonar precipitadamente la región a causa de su participación en la controversia suscitada a raíz de la sucesión del difunto califa. Sabbah fue encarcelado por apoyar a Nizar, uno de los pretendientes al trono, y podría haber pasado el resto de su vida en prisión de no ser porque la suerte, una de las constantes que marcaron su vida, quiso que la pared de la mazmorra en la que se encontraba cautivo se derrumbara y pudiera, de esta manera, huir de vuelta a su Persia natal.

Durante el viaje tuvo tiempo de madurar el que sería el gran proyecto de su vida. Para ello necesitaba un lugar apartado y seguro donde poder llevar a cabo sus planes sin ser molestado. Así, Hassan terminó por encontrar una fortaleza aislada en lo más alto de las montañas de Qazvin. Este castillo, llamado Alamut (“El nido del águila”), era la plaza fuerte ideal para la nueva secta que Hassan estaba a punto de fundar: los ismailíes nizaríes (que más tarde serían conocidos como los hashishins, palabra de la que deriva la actual “asesinos”). Además, Alamut se encontraba en un emplazamiento geográfico estratégicamente privilegiado que permitiría a Hassan hacer proselitismo de su secta ismailí por toda Persia.  Los ismailíes son una escisión de la ortodoxia musulmana, algo así como los protestantes dentro del cristianismo. Tras la muerte de Mahoma en 632 su discípulo Abú Bakr fue designado para sucederlo, convirtiéndose en el primer califa del Islam. Desgraciadamente, Mahoma no dejó tan claro como Jesús quién sería la roca sobre la que edificaría su Iglesia y fueron muchos los musulmanes que no estuvieron de acuerdo con esta decisión, considerando que Alí, el primo del Profeta, tenía muchos más méritos para ser su sucesor. Así comenzó la pugna entre los sunitas -la ortodoxia musulmana- y los shiítas -defensores de la legitimidad de Alí-, que fueron cruelmente perseguidos por los primeros, que los consideraban herejes. Esta persecución culminó en el año 680 con el asesinato de Fátima, la hija de Mahoma, que se unió a los defensores de Alí.

A partir de entonces los shiítas tuvieron su propio califa -que recibió el apelativo de imán- y se separaron por completo de los sunitas, a la espera de la llegada del Mahdi, un Mesías destinado a conducirlos a la victoria sobre sus enemigos. Es precisamente en el seno de la tradición shiíta donde nacen las creencias ismailíes como un cisma surgido por motivos sucesorios en la época del sexto imán, y que iría cobrando fuerza poco a poco hasta la llegada en el siglo XII de Sabbah.  Dentro de los chiitas, (los cuales predominan en Irán), se profetiza que vendrá un doceavo Imam el cual es el gran salvador espiritual. Este Imam es llamado Abu al-Qasim Mohamed, o también se le llama Mohamed al Mahdi. Se dice que nació del onceavo Imam, Hasan Al-Askari y de su esposa, la nieta de un emperador. Existen opiniones encontradas acerca de si ella se llamaba Fátima o Nargis Khatoon. La mayoría de los relatos de la historia dicen que al Mahdi se ocultó de niño, cerca de los cinco años (alrededor del siglo XIII). Se dice que ha estado “ocultándose” en cuevas desde entonces, pero que regresará sobrenaturalmente justo antes del Día del Juicio. De acuerdo con el Hadith, el protocolo para el Imam Oculto es: Será un descendiente de Mohamed y el hijo de Fátima, Tendrá una frente ancha y nariz puntiaguda; Regresará justo antes del fin del mundo; Su aparición será precedida por un número de eventos proféticos durante tres años de horrendo caos mundial, tiranía y opresión; Escapará de Medina a la Meca, miles le jurarán lealtad; Gobernará sobre los árabes y el mundo por siete años; Erradicará toda tiranía y opresión trayendo armonía y paz total; Dirigirá una oración en la Meca durante la cual Jesús estará a su lado y se le unirá.

Hassan se aseguró la propiedad de Alamut por medio de la sutileza y el engaño. Su formación privilegiada le sirvió en esta ocasión para emplear una treta que ya aparece reflejada en la Odisea  atribuida a Ulises. Hassan llegó a un acuerdo con el dueño de Alamut por el que se le vendía por un precio exiguo una porción de tierra que se podría abarcar con la piel de una vaca. El dueño convino en ello pensando que el joven forastero pretendía establecer un puesto de venta en el lugar, no dándose cuenta de hasta qué punto podía llegar la inventiva de Hassan. Éste procedió a dividir la piel de la vaca en tiras sumamente delgadas que le permitieron fabricar un largo cordón con el que abarcaría por entero el área de la fortaleza. Lógicamente, el propietario protestó, pero los seguidores de Hassan se encargaron de persuadirlo de que cumpliera con lo pactado. Cuando los rumores de lo sucedido llegaron hasta el visir Nizam al Mulk -su amigo de la niñez y virtual gobernante de la región, dado que el sultán había delegado en él todas las funciones ejecutivas, y anticipándose a las intenciones de su antiguo camarada, comenzó a hacer preparativos para que el ejército del sultán sitiara la fortaleza, algo que jamás sucedería. Al día siguiente, de regreso a sus aposentos tras una audiencia con el sultán para informarle de sus planes, Mulk fue abordado por un sufí que en realidad era Bu Tahir, un agente de Hassan, que tras una breve conversación clavó su daga en el corazón de Nizam al Mulk, convirtiéndolo de esta forma en la primera víctima registrada de los hashishins.

Una vez consolidado su dominio sobre Alamut, Hassan empleó una considerable cantidad de recursos en la construcción del denominado “jardín legendario de los placeres terrenales”, un lugar que desempeñaría un papel muy importante en los ritos iniciáticos de los hashishins.  El jardín se encontraba en un hermoso valle flanqueado por dos altas montañas. Hasta allí habían sido llevados pájaros, plantas y animales exóticos de todo el mundo. Rodeando el jardín se construyeron lujosos palacetes de mármol y oro, adornados con hermosas pinturas, exquisitos muebles y tapices de fina seda. Por todos los rincones de la reducida geografía de este paraíso terrenal se habían dispuesto los más suculentos manjares, mientras que en cada rincón se podían ver fuentes de vino y agua fresca. ¿Cuál era el propósito de este exótico decorado?. Crear el marco adecuado para la escenificación de un impactante rito iniciático que asegurase de por vida la lealtad absoluta de los nuevos acólitos. El iniciado que era llevado al jardín de las delicias se encontraba en estado de inconsciencia tras haber quedado fuera de combate por una potente poción, cuyo principal ingrediente era el hachís (de ahí el nombre por el que era popularmente conocida la secta) en forma de aceite de cannabis,  y que además contenía diversos ingredientes psicotrópicos, como hongos alucinógenos. Al despertar de su sueño, el acólito se veía rodeado por un grupo de bellas adolescentes que le daban la bienvenida cantando, bailando y tocando instrumentos musicales en su honor. Mientras el boquiabierto joven aún intentaba reponerse de su asombro, las muchachas comenzaban a administrarle un masaje que poco más tarde derivaría en una pequeña orgía que incluía la práctica de sofisticadas técnicas sexuales.

Éste era el prólogo de una corta pero inolvidable estancia en el jardín que aseguraba a Hassan que podría exigir lealtad absoluta de su nuevo seguidor y que sus órdenes serían seguidas sin preguntas ni reparos. Tras las ruinas del castillo que todavía existen en Alamut hay un valle semioculto por las escarpadas paredes que lo rodean por el que fluye un arroyo de agua fresca y cuyo verdor contrasta con la sequedad del entorno circundante. Es muy probable que fuera ésa la ubicación del mítico jardín. Aunque algunos autores han cuestionado la validez como dato histórico del uso del hachís por los asesinos, lo cierto es que se trata de un hecho cuidadosamente documentado. No obstante, no es cierto que los asesinos ingirieran este narcótico para relajarse antes de emprender alguna de sus expediciones de asesinato, como se piensa en la creencia popular, sino que lo más probable es que consumieran algo de droga antes de visitar el jardín de las delicias por última vez, como placentero prólogo de una misión suicida.  La estancia en el paraíso terrenal creado por Hassan era solamente el comienzo de la carrera del adepto en la secta, cuyo escalafón se dividía en siete grados. Los hashishins  combinaban las doctrinas exotéricas y esotéricas del islam. Sabbah era practicante de la alquimia y estudioso del sufismo, de modo que parte del plan de estudios iniciáticos para los futuros hashishins implicaba el dominio de métodos ocultos para alcanzar planos más altos de conciencia, algo que en el otro extremo del planeta ya se practicaba en otra mítica sociedad de asesinos profesionales, los ninja japoneses.

Pero no todo era meditación y preparación mental, sino que también se aprendía cómo matar eficazmente mediante el veneno o la daga. Los iniciados eran entrenados concienzudamente de una forma que nada tiene que envidiar a la de los servicios secretos actuales. Recibían clases de todo tipo de materias que pudieran serles útiles para su cometido, aprendían varios idiomas, así como el modo de vestir y las maneras propias de comerciantes, monjes y soldados. Además, les enseñaban a hacerse pasar por creyentes y practicantes de las religiones más importantes de modo que un seguidor de Hassan podía adoptar con éxito la identidad de cualquier persona, desde un comerciante acomodado a un místico sufí, un cristiano o un soldado sarraceno. Para comprender mejor el éxito de los hashishins hay que asumir que el asesinato político era una práctica muy extendida en el Islam ya antes de la llegada de Hassan Bin Sabbah. Otras sectas y grupos habían recurrido a tan expeditivo método en el pasado, e incluso el propio Profeta ya señaló a determinados individuos manifestando que “no merecían vivir”, a la espera de que sus seguidores entendieran la indirecta. Una secta extremista shiíta fue conocida en su momento como “los estranguladores” debido a que éste era el método que preferían a la hora de ejecutar a sus víctimas. El mundo musulmán de la Edad Media era un entorno confuso en el que la autoridad siempre pasaba a manos de aquellos que tenían la voluntad y la osadía necesarias para tomarla y retenerla mediante la violencia o la astucia. Los derechos hereditarios pesaban tanto como las espadas al servicio de los pretendientes al trono y más de un gran imperio se desmoronó a causa de estas luchas intestinas. Imanes y califas eran con frecuencia víctimas de asesinos a sueldo pagados por aspirantes al cargo que, en bastantes ocasiones, terminaban sus días de la misma forma que sus antecesores.

Lo que introduce de novedoso Hassan Bin Sabbah en este entorno es la práctica sistemática del asesinato como elemento primordial de su estrategia, por medio de la que pretende alcanzar determinadas metas mediante la extirpación “quirúrgica” de ciertos elementos clave de la escena militar y política. Para que este planteamiento tuviera éxito la organización era un factor esencial. La orden hashishin se basaba en una estructura administrativa que, a juzgar por los resultados obtenidos, resultó ser tremendamente eficaz. En la cima de la jerarquía estaba Hassan, el viejo de la montaña, cuya privilegiada mente lo mismo se encontraba ocupada en trazar complejos planes que jugaban con el equilibrio político de todo Oriente, que meditando sobre la interpretación de algún pasaje del Corán. Debajo de él estaban los priores magníficos -místicos y clérigos que daban sustento espiritual al grupo-, los propagandistas o dai -encargados de predicar la palabra de Sabbah por todo el orbe musulmán y reclutar nuevos adeptos a la causa- y finalmente los fidai,  que eran el escalafón más bajo dentro de los hashishins, aunque en modo alguno el menos importante. Los fidai -”ángeles destructores” o “autosacrificados”- tenían un voto de obediencia absoluta y una convicción fanática que los mantenía dispuestos a llevar a cabo cualquier atrocidad que su señor exigiera de ellos, incluyendo el suicidio y el asesinato. Vestían túnicas blancas con fajines y turbantes rojos: colores que representaban la inocencia y la sangre. Llama la atención que los terroristas suicidas actuales mantengan en su iconografía ritual un atuendo muy parecido.

La figura clave en esta organización eran los dai. Se trata de una figura que en muchos sentidos resulta exclusiva de la cultura persa. Si tuviéramos que compararlos con algo conocido, los misioneros cristianos resultarían la figura más cercana a nuestra cultura. Como los misioneros, los dai recibían una extensa formación que los convertía en vendedores perfectos de las ideas a las que servían, estando investidos además de una autoridad de la que en principio carece un misionero cristiano. Su tarea era principalmente la de impresionar a las gentes con las que se encontraban, excitar su curiosidad e imbuirles el deseo de saber más sobre ellos y sus creencias. Una vez enganchado un buen número de acólitos potenciales, revelaba los misterios de la orden sólo a aquellos más prometedores, siempre y cuando accediesen a prestar juramento de fidelidad al imán, el representante de Dios sobre la Tierra, que, en este caso, no era otro que Sabbah. Dado que los hashishins ganaban influencia en la región con un ímpetu que parecía imparable, el Sha de Persia se sentía inseguro en su posición, lo que lo llevó a cometer el mismo error que cometiera tiempo atrás su visir y a pagarlo de similar modo. Apenas habían llegado las tropas a las cercanías de Alamut cuando el atrevido monarca moría envenenado. Tras su muerte, el reino de Persia quedó dividido en facciones que guerreaban constantemente entre sí, situación que convirtió a los “asesinos” en el grupo más poderoso e influyente de la región durante años.

En ese tiempo la secta fue sofisticando sus métodos, convirtiendo el asesinato en una forma de arte, desarrollando técnicas cada vez más audaces e imaginativas, en las que el veneno y la daga eran sustituidos por sofisticadas trampas y técnicas que permitían al asesino alcanzar su objetivo por muy protegido que éste estuviera. Cabe destacar que pese a lo dicho hasta el momento no estamos hablando de una horda sedienta de sangre y dispuesta a alcanzar sus objetivos a cualquier precio. Los ideólogos y estrategas de los hashishins eran intelectuales que preferían utilizar la persuasión en lugar de la violencia siempre que ello fuera posible. Entre los métodos indirectos de persuasión, uno de sus favoritos consistía en obtener la ayuda de mujeres y niños que ejercían una especial influencia ante padres y maridos poderosos. Los sobornaban con vestidos, joyas y fantásticos juguetes traídos a tal efecto por  mercaderes que viajaban por todo el mundo en busca de las más exquisitas piezas. También supieron cautivar a algunas de las mentes más distinguidas de Oriente Medio para emplearlas como profesores en sus escuelas o como consejeros en asuntos mundanos. Esta sabia combinación de mano de hierro en guante de terciopelo sirvió para que, en poco tiempo, la mayoría de la población de Persia profesara las creencias ismailíes.

Sin embargo, a medida que sus hazañas se multiplicaban y eran cantadas y contadas por todo el mundo árabe, Hassan Bin Sabbah fue convirtiéndose en un personaje cada vez más misterioso y reservado, que vivió el resto de su vida confinado por propia voluntad entre los muros de la fortaleza. Se dice que durante ese período abandonó sus aposentos tan sólo en dos ocasiones. Llevaba una vida propia de un asceta, consagrado a la mística y a la redacción de tratados teológicos. La ambición expansionista que caracterizaba a la secta de Hassan -y los expeditivos medios que empleaba- no se debía a una ambición personal, sino a su condición de creyente profundamente devoto de la fe ismailí, que quería convertir en la única corriente imperante en el Islam. De este carácter modesto y hondamente religioso nos habla la circunstancia de que Hassan podía aspirar a declararse descendiente directo del Profeta con más legitimidad que otros que ya lo habían hecho, pero rechazó utilizar esto como ventaja política: “Prefiero ser un buen sirviente del Profeta antes que su hijo indigno”. Su celo religioso lo llevó a cometer no pocos excesos entre sus propias filas. En Alamut, como siglos más tarde en el Afganistán de los talibanes, estaba terminantemente prohibido beber y tocar instrumentos musicales. Estas prohibiciones y muchas otras se aplicaban con extremado celo y Hassan exigía a sus seguidores una total obediencia. Era de una severidad inflexible, tanto que hizo ejecutar a sus dos únicos hijos: a uno por beber y al otro por saltarse la cadena de mando cometiendo un asesinato que no había sido ordenado.

Durante la última época de la vida de Hassan la secta combatió en dos frentes bien definidos. En las cruzadas lucharon indistintamente en ambos bandos en función de cuál de ellos sirviera mejor a sus necesidades del momento. Al mismo tiempo, no se detuvieron en expandir su dominio por toda Persia y su influencia llegó hasta Siria, donde comenzó a actuar una rama particularmente activa de la orden. Hassan Bin Sabbah falleció en 1124, a la edad de 90 años. La ejecución de sus dos únicos herederos hizo que tuviera que designar a dos de sus generales para que continuaran su obra como sucesores. Uno asumió el control de los elementos místicos e ideológicos de la orden, mientras que el otro se encargó de los asuntos militares y políticos.  Durante ese período, y aprovechando el desconcierto que trajo consigo la muerte de Sabbah, la dinastía seljúcida tomó de nuevo el control en Persia, lo que provocó una nueva oleada de asesinatos. El primogénito y sucesor de Nizam Al Mulk cayó bajo la daga de un fidai. El nuevo sultán, que había sucedido a su padre Malik Sha y recuperado el control de grandes zonas del país, decidió, como su padre antes que él, marchar contra Alamut. Una mañana despertó con una daga clavada en su almohada. El sultán hizo un pacto con los “asesinos” por el que les otorgaba la autonomía a cambio de reducir sus fuerzas militares y un compromiso de no injerencia en los asuntos de Estado.

Fue también en esta época cuando Marco Polo llegó a las proximidades de Alamut y se enteró de la existencia de la orden, incluyéndola en el relato de sus viajes y haciendo que su fama se extendiera por toda Europa. Los hashishins sobrevivieron durante más de cien años tras la muerte de Sabbah, hasta que Alamut fue finalmente sitiado y conquistado en 1256 por los invasores mongoles al mando de Halaku Kan, hijo de Gengis Kan. Halaku era un gran admirador de la figura de Hassan y encargó a su principal consejero que recopilara una historia completa de los “asesinos” basándose en los registros de la biblioteca de Alamut. De este trabajo procede la mayoría de los datos históricos de los que actualmente se dispone sobre la orden. Alamut era una de las principales fortalezas utilizadas en la Edad Media por la secta ismailí de los nizaríes. Dominaba un valle en el macizo montañoso de Elburz, al sur del mar Caspio y en el norte del actual Irán, cerca de la ciudad de Qazvin. El significado del nombre es incierto, aunque la hipótesis más extendida es que etimológicamente significa “nido de águilas”. La fortaleza fue tomada en 1090 por ismailíes dirigidos por el mítico Viejo de la Montaña. Tras un conflicto con el centro de poder ismailí, el califato fatimí de El Cairo, los ismailíes de Irán se escinden y serán llamados desde entonces nizaríes. Sus enemigos los llamarán despectivamente hashashin, “consumidores de hachís”, palabra que ha pasado al castellano como asesino, y ello porque desde Alamut y otras fortificaciones los nizaríes se destacaron por la práctica del homicidio político, hasta el punto de que a pesar de su escaso número aterrorizaron durante siglos a los gobernantes de Irán y Siria.

Alamut fue un nodo de la compacta red de fortalezas nizaríes, que por su inexpugnabilidad conformaron un auténtico Estado descentralizado e independiente dentro de un territorio fundamentalmente sunní. En 1256, tal como ya hemos explicado, las tropas mongolas marchan sobre Irán dirigidas por Hulagu Jan, y las precede su fama de invencibilidad y crueldad. Alamut se rindió sin presentar combate y fue arrasada hasta los cimientos por el ejército invasor para impedir su uso por otros posibles oponentes. Marco Polo en su libro Los viajes de Marco Polo afirmó haber visitado Alamut y conocer a el Viejo de la Montaña, lo que es poco probable ya que en la fecha que indica, la fortaleza había dejado de existir hacía varias décadas. El viajero veneciano introdujo en Europa la leyenda que ha dado fama a Alamut: la de que poseía unos jardines ocultos que imitaban el paraíso. Para fanatizar a los futuros asesinos de la secta, se les drogaba con hachís y se les hacía despertar en el jardín, donde gozaban del paraíso durante unas horas. Cuando volvían a despertar estaban en el castillo y se les decía que sólo volverían al escenario idílico y feliz que habían tenido ocasión de ver si morían en combate contra el enemigo. Esto explicaría la fiereza y el arrojo de los nizaríes en sus acciones terroristas, aún sabiendo que lo más probable es que no salieran vivos de ellas. Esta leyenda no está apoyada por ninguna evidencia histórica.

Tras la caída de Alamut, la mayoría de los supervivientes del grupo se vieron forzados a la clandestinidad, manteniendo sus creencias y tradiciones en estado latente. En la actualidad, los ismailíes nizaríes todavía existen, y están liderados por el Aga Kan, una de las figuras progresistas del Islam. La Aga Khan Development Network es una organización creada basándose en las condiciones de vida en las sociedades en donde los musulmanes tienen una presencia significativa, si bien se esfuerzan en dejar muy claro que no son una organización de carácter religioso. La sociedad secreta que creó Hassan Bin Sabbah marcó un antes y un después en el desarrollo de este tipo de organizaciones e influyó decisivamente en las que fueron creadas con posterioridad. Durante las cruzadas, los hashishins lucharon para y contra los cristianos, según beneficiara a sus planes, si bien las férreas estructuras jerárquicas de las órdenes militares mermaban considerablemente la eficacia de su táctica de asesinatos selectivos, ya que tan pronto un personaje clave fallecía era inmediatamente sustituido por otro.

Ricardo I de Inglaterra (1157 – 1199), conocido como Ricardo Corazón de León, fue Rey de Inglaterra entre 1189 y 1199, siendo el tercer hijo del rey Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania. En su época, el trovador Bertran de Born lo apodó “Òc e non” (‘sí y no’). Durante su reinado, sólo visitó Inglaterra en dos ocasiones: las correspondientes a sus dos coronaciones. En total, no llegaron a seis los meses que pisó su suelo como rey. Tomó parte en la Tercera Cruzada, con campañas en Sicilia y Chipre en el camino y, posteriormente pasó un período arrestado por Leopoldo V, duque de Austria. El rey Ricardo I llegó a Acre, Palestina, en junio del año 1191. Dio su apoyo a su vasallo de Poitiers Guido de Lusignan, que había llevado sus tropas a Chipre para apoyarlo. Guido era el viudo de la prima del padre de Ricardo, Sibila de Jerusalén (El rey Fulco de Jerusalén tuvo varios hijos, entre ellos: Amalarico I de Jerusalén, padre de Sibila; y Godofredo V de Anjou, padre de Enrique II de Inglaterra, padre de Ricardo Corazón de León). En esta época, Guido, el esposo de Sibila estaba tratando de retener la corona de Jerusalén, a pesar de la muerte de su señora acaecida durante el sitio de Acre el año anterior. El derecho de Guido era disputado por Conrado de Monferrato, segundo esposo de la media hermana de Sibila, Isabel de Jerusalén: Conrado, cuya defensa de Tiro había salvado el reino en 1187, fue apoyado por Felipe de Francia, hijo de su primer primo Luis VII de Francia y por otro primo, el duque Leopoldo V de Austria (Babenberg).

Ricardo también se alió con Hunfredo IV de Torón, el primer marido de Isabel, del cual se había divorciado a la fuerza en 1190. Hunfredo era leal a Guido y hablaba el árabe en forma fluida, de forma que servía a Ricardo como traductor y negociador. Ricardo y sus fuerzas ayudaron a conquistar Acre, a pesar de la grave enfermedad del rey. Se dice que Ricardo I, mientras estaba enfermo de escorbuto, mataba guardias en las paredes con una ballesta, mientras era llevado en una camilla. Conrado de Montferrat concluyó las negociaciones de rendición con Saladino e izó los pendones de los reyes en la ciudad. Ricardo discrepó de Leopoldo V de Austria sobre la destitución de Isaac Comneno (relacionada con la madre bizantina de Leopoldo) y sobre su posición dentro de la cruzada. El pendón de Leopoldo había sido izado al lado de los estandartes inglés y francés. Ello fue interpretado como una arrogancia por Ricardo y Felipe, dado que Leopoldo era un vasallo del Sacro Imperio Romano Germánico (aunque entonces era el líder vivo de más alto rango de las fuerzas imperiales). Los hombres de Ricardo derribaron el pendón y lo tiraron en el foso de Acre. Leopoldo dejó inmediatamente la cruzada. Felipe también se fue poco después, en mala condición de salud y luego de disputas con Ricardo acerca del estado de Chipre (Felipe demandaba la mitad de la isla) y del reino de Jerusalén. Ricardo se encontró repentinamente sin aliados.

Ricardo mantuvo prisioneros a 2.700 musulmanes, al objeto de conseguir que Saladino cumpliera todos los términos de la rendición de las tierras circundantes a Acre. Felipe, antes de partir, había confiado sus prisioneros a Conrado, pero Ricardo lo forzó a entregárselos. Ricardo temía que sus fuerzas permanecieran retenidas en Acre, ya que creía que su campaña no podría avanzar con los prisioneros en caravana. Por lo tanto, ordenó que todos los prisioneros fuesen asesinados y se desplazó al sur, derrotando a las fuerzas de Saladino en la batalla de Arsuf el 7 de septiembre. Intentó negociar con Saladino, ofreciéndole a su hermana viuda, Juana de Sicilia, como novia para el hermano de Saladino Al Adil, pero no tuvo éxito. En la primera mitad de 1192, él y sus tropas refortificaron Ascalón. Una elección forzó a Ricardo a aceptar a Conrado de Montferrat como rey de Jerusalén y vendió Chipre a su protegido derrotado, Guido. Sin embargo, sólo días después, el 28 de abril de 1192, Conrado fue apuñalado hasta la muerte por miembros de la Secta de los Asesinos antes de que pudiera ser coronado. Ocho días después, el propio sobrino de Ricardo, Enrique II de Champaña, se casó con la viuda Isabel de Jerusalén, aunque estaba encinta del hijo de Conrado. El crimen nunca fue resuelto en forma conclusiva y los contemporáneos de Ricardo I sospechan que él estuvo involucrado.

Tomando conciencia de que ya no había esperanza de retener Jerusalén, incluso después de haberla tomado, Ricardo ordenó la retirada. Entonces comenzó un período de escaramuzas menores con las fuerzas de Saladino, mientras Ricardo y Saladino negociaban un acuerdo para el conflicto, ya que ambos se dieron cuenta de que sus respectivas posiciones eran insostenibles. Ricardo supo que Felipe y su propio hermano Juan preparaban un complot en su contra. Sin embargo, Saladino insistía en arrasar las fortificaciones de Ascalón que los hombres de Ricardo habían reconstruido y en otros puntos menores. Ricardo hizo un último intento de acercar posiciones al intentar invadir Egipto (la principal base de provisiones de Saladino), pero falló. Finalmente, el tiempo de Ricardo se agotaba. Consideró que su regreso ya no podía posponerse, dado que Felipe y Juan tomaban ventaja de su ausencia. Él y Saladino llegaron a un acuerdo final el 2 de septiembre de 1192, que incluía la concesión de la demanda de destrucción de la muralla de Ascalón, así como el libre acceso de los cristianos a Jerusalén, la tolerancia de su presencia allí y una tregua de tres años.

En diciembre de 1192, espoleado por las noticias que llegan del reino, Ricardo trata de regresar a Inglaterra, pero el mal tiempo desvía su flota a la costa adriática y lo obligan a atracar en Corfú, en las islas del emperador bizantino Isaac II Ángelo, que objetaba la anexión de Ricardo de Chipre, un antiguo territorio bizantino. Disfrazado como un caballero templario, Ricardo navegó desde Corfú con cuatro ayudantes, pero su barco encalló cerca de Aquilea, forzando a Ricardo y a sus partidarios a seguir una peligrosa ruta terrestre por Europa central. Mientras se dirigía hacia el territorio de su cuñado Enrique, Ricardo fue capturado cerca de Viena por Leopoldo V de Austria poco después de la Navidad de 1192 y acusado de arreglar el asesinato de su primo Conrado de Montferrat. Ricardo y sus criados viajaban disfrazados como peregrinos de baja condición, pero pudo ser identificado porque usaba un anillo lujoso o por su insistencia en comer pollo asado, una delicadeza de la aristocracia. El duque lo llevó como prisionero ante el emperador Enrique VI de Alemania y lo mantuvo cautivo en Dürnstein. Fue allí que Ricardo escribió Ja nus hons pris o Ja nuls om pres, una canción en versión francesa y occitana, expresando su sentimiento de abandono por parte de su propia gente. No obstante, las condiciones de su cautiverio no fueron severas. Él declaró al emperador: “Nací con un rango que no reconoce ningún superior que no sea Dios.

Su libertad no le interesaba a nadie: Felipe II de Francia prefería a su hermano Juan, y el Papa Celestino III lo rechazaba por su conducta. Su madre, Leonor de Aquitania, luchó incansablemente para obtener la liberación de Ricardo, intentando reunir el dinero del rescate consistente en 100.000 marcos (cerca de cinco veces el ingreso anual de la corona inglesa bajo la regencia de Ricardo) que pedía Enrique. Tanto el clero como los legos debieron pagar fuertes impuestos de un cuarto del valor de su propiedad, se confiscaron los tesoros de oro y plata de las iglesias y se reunió dinero mediante la compensación monetaria por parte de los nobles por no hacer el servicio militar debido a la corona e impuestos de “carucage“. El emperador pidió 100.000 marcos para él antes de liberar al rey, el mismo monto reunido por el impuesto saladino pocos años antes. Al mismo tiempo, Juan, el hermano de Ricardo, y el rey Felipe de Francia ofrecieron 80.000 al emperador para que mantuviera prisionero a Ricardo hasta la fiesta de San Miguel y Todos los Ángeles de 1194. El emperador rehusó esta oferta, pero a costa de aumentarlo una mitad más. El dinero del rescate del rey había sido transferido por los embajadores del emperador, pero “bajo la responsabilidad del rey” (si se hubiese perdido en el camino, habría sido responsabilidad de Ricardo) y finalmente el 4 de febrero de 1194 Ricardo fue liberado. Felipe envió un mensaje a Juan que decía: “Cuídate, el demonio anda suelto.”

Ricardo Corazón de León fue acusado en su momento de haber solicitado la ayuda del Señor de las montañas -Sheik Al Yebel, que no era Sabbah, como vulgarmente se cree, sino el jefe de la rama siria de la secta- para cometer el asesinato de Conrado de Monferrato. Según cuentan las crónicas, se escogió a dos asesinos que aceptaron ser bautizados y que fueron emplazados a ambos lados de Monferrato, fingiendo rezar. En el momento en que se presentó una ocasión favorable lo apuñalaron y corrieron a refugiarse en una iglesia. No obstante, llegó hasta sus oídos la noticia de que habían fallado en su intentona y el príncipe aún se encontraba con vida, por lo que abandonaron su escondite y se dirigieron al lugar donde yacía Conrado de Monferrato para apuñalarlo por segunda vez. Después de esto fueron capturados y murieron sin una sola palabra de confesión o arrepentimiento a pesar de la crueldad de los tormentos que les fueron aplicados. Algo de aprovechable debieron ver los cruzados en los métodos de los “asesinos” cuando los importaron a Europa y terminaron sirviendo de patrón y modelo de numerosas sociedades secretas occidentales. Los templarios, la Compañía de Jesús, el Priorato de Sión, la francmasonería, los rosacruces… todos deben su eficacia  organizativa al trabajo originario de Hassan. De hecho, los célebres Iluminati tuvieron su origen en el aspecto místico de la orden hashishin

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También los servicios de inteligencia han incorporado en sus metodologías muchas de las técnicas milenarias de los hashishins. Con el paso de los siglos, Sabbah se ha convertido en una figura mítica que ha servido de inspiración a artistas y literatos. El irreal mundo de Alamut, con sus sueños de placeres inenarrables administrados por bellas huríes entre vapores narcóticos y exóticos perfumes, resultó particularmente atractivo para los románticos. En el célebre poema “Kublai Khan” de Coleridge, escrito según se cuenta inmediatamente después del despertar de un sueño bajo los efectos del opio, se describe detalladamente la leyenda de Sabbah y de su paraíso terrenal. Coleridge llama a su Alamut de ficción “Armhara”, el lugar en que se yergue la bóveda del placer, inspirada en el jardín legendario de los hashishins. Casi un siglo más tarde, los escritores y artistas de la generación beatnik también consideraron a los hashishins como una de sus fuentes de inspiración, identificándose con esa mezcla de misticismo oriental, experimentación con drogas y transgresión social que tiñe la leyenda de la secta. El poeta y pintor Brion Gysinmenciona a Sabbah en muchas de sus composiciones, y William S. Burroughs escribió un brillante poema titulado “Las palabras pasadas de Hassan Sabbah”, donde condena como terroristas a organizaciones modernas, como las agencias de inteligencia y las grandes multinacionales.

Como vemos, Hassan Bin Sabbah es una de esas figuras que rompe la barrera del tiempo y se mantiene vigente según las sucesivas generaciones la enriquecen con nuevas lecturas que no son sino un fiel reflejo de la situación de cada época. Además, supone un precedente directo sin el que resultaría imposible comprender a esos suicidas que tanta intriga e inquietud causan entre los occidentales Dicen que no hay nada nuevo bajo el sol, y la historia tendría mucho que enseñarnos en la guerra contra el terrorismo que actualmente está presenciando el mundo. En el caso de Sabbah, su ausencia física no extinguió el fanatismo de sus seguidores hasta más de cien años después de su muerte, y ello tras una aplastante derrota militar precedida por encarnizadas batallas. Algunos grupos persuaden a sus miembros para que sacrifiquen sus vidas con la promesa de un paraíso más allá de la muerte, una técnica que, como hemos visto, ya fue utilizada con éxito hace un milenio por Hassan Bin Sabbah. Son demasiadas las semejanzas como para no pensar que no se hayan tomado elementos de la secta de los hashishins como modelo para levantar un nuevo reino de terror.

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